“El amor cura, el odio mata…no odies jamás, ama y verás que la vida fluye como agua limpia”, las palabras son del médico venezolano Jacinto Convit, que luchó contra la lepra y vivió hasta los 100 años tratando de aliviar el sufrimiento del otro.

En el siglo pasado, especialmente en los años 30, la lepra fue una enfermedad que causó estragos en Venezuela, muchas personas murieron, entre ellas escritores y poetas famosos como Cruz Salmerón Acosta. A partir de ahí se trató de buscar la cura para dicha afección y uno de los pioneros de estos estudios fue el médico Martín Vega.

Cuando transcurría el año 1937, Vega invita al joven Jacinto Convit a visitar la casona del lazareto de Cabo Blanco en Vargas, que alojaba a cientos de pacientes leprosos. Estamos hablando de una época donde la enfermedad era socialmente cuestionada por prejuicios y a los que la padecían los encadenaban y los custodiaban con la policía. Cuando Jacinto Convit observó este maltrato su carácter humanitario y su empatía para con el prójimo hizo que les exigiera a los guardias un trato más amable para con los enfermos. Allí comenzaría un arduo trabajo que culminó con la vacuna contra la lepra. Su nombre fue reconocido mundialmente. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica de 1987 y fue nominado al Premio Nobel de Medicina en 1988 por haber inoculado el bacilo de la lepra en armadillos de la familia Dasypodidae; obtuvo el Mycobacterium leprae, que mezclado con la BCG (vacuna de la tuberculosis), produjo la inmunización.

Vivió hasta los 100 años y no dejó nunca de investigar. Con un afán admirable trató de buscar la cura del cáncer de mama. En una entrevista que le realizaron, cuando tenía 92 años, con una lucidez admirable expresó: “Sólo pido a Dios que me conceda un par de años más para llegar a la vacuna contra el cáncer de mama, lamentablemente, falleció a los 100 años sin que su noble propósito se cumpliera, pero logró avances muy importantes para que sus sucesores completen su trabajo.

El amor por sus pacientes

A pesar de su edad avanzada, nunca dejó de atender pacientes. Todos los días se dedicaba a escuchar y a ver como mínimo a 20 personas. Además, también le ponía el oído a muchos jóvenes que lo consultaban para conocer su opinión sobre diversos temas relacionados a la salud y la investigación.

Cuando se le preguntó cuál era el secreto para que con sus años tuviera tanta vitalidad y lucidez, respondió si dudar que: “El amor cura, el odio mata…no odies jamás, ama y verás que la vida fluye como agua limpia”.